10 años de Economía K

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Una década de economía K: tres etapas y un presente “blue”

06-05-13 00:00


Juan Cerruti Editor de Economía jcerruti@cronista.com
En poco más de dos semanas el kirchnerismo cumplirá 10 años en el gobierno, desde aquella asunción de Néstor Kirchner el 25 de mayo de 2003. Al considerar el crecimiento del PBI y de la inflación, la década de “economía K” evidencia tres etapas bien diferenciadas: la del período 2003-2006, con alto crecimiento y baja inflación; la fase 2007-2011 con alto crecimiento y también alta inflación; y la etapa 2012-2013 (en curso) caracterizada por un bajo crecimiento y alta inflación.
La primera etapa (2003-2006) registró un alza del PBI que llegó al 8,9% en promedio anual y una inflación del 7,1% anual. La crisis de 2001/2002 dio paso a una recuperación acelerada de la economía, en el marco de amplios recursos ociosos tanto en mano de obra (desempleo) como de bienes de capital (capacidad instalada en la industria). El modelo se completó con la consolidación de los superávits gemelos (fiscal y comercial), lo que mantuvo baja la inflación y asimismo dotó a la economía de los dólares necesarios para fortalecer las reservas del Banco Central. El tipo de cambio real competitivo jugó un rol clave al impulsar la demanda agregada y apuntalar el abastecimiento de divisas.

Segundo período

La segunda fase de la “década económica K” comprende el período que va desde 2007 hasta 2011. Su inicio coincide con el despertar inflacionario, a lo que el Gobierno respondió “rompiendo el termómetro”: intervino el Indec. Durante ese quinquenio la tasa de crecimiento de la economía continuó alta (7,1% promedio anual), pero los precios minoristas prácticamente triplicaron su ritmo de aumento anual, al pasar del 7% del período previo al 19,5% anual. El modelo basado en un estímulo constante a la demanda agregada comenzó a mostrar sus límites, que responden a una lógica que trasciende el plano económico: apelar una y otra vez a la misma receta no garantiza el mismo resultado, en un contexto que se modifica constantemente. Sin embargo, el kirchnerismo se aferró a un relato, que se cimentó más desde el plano político que el económico.
Durante esta segunda fase comienzan a aparecer (y se hacen evidentes sobre el final de la misma) las restricciones por el lado de la oferta agregada. El agotamiento del “colchón” de factores de la producción (desempleo en niveles mínimos y uso de la capacidad instalada en la industria en niveles récord) reveló una realidad incómoda: la clave ya no pasaba por incorporar más factores de la producción a escala, sino de combinarlos mejor. Es decir, aumentar la productividad. Pero la política económica continuó orientada hacia un sólo norte: estimular la demanda (en particular el gasto público). Junto a las restricciones en la oferta se acrecentaron las tensiones de precios y la inflación comenzó a erosionar rápidamente los “pilares” de modelo: los superávit gemelos y el tipo de cambio competitivo.

Tercera fase

Así arribamos a la tercera fase de este “modelo K”, que se apresta a cumplir 10 años. Es el período que se inició en 2012 y abarca hasta el presente, caracterizado por un escenario inédito: bajo crecimiento (apenas 1,7% en promedio anual) y elevada inflación (23,4% anual). En términos macroeconómicos es la peor combinación que puede enfrentar un gobierno, en un marco de cuasi estanflación.
Este desenlace es el resultado de un dogma al que se aferró el Gobierno: “atacar la consecuencia, en vez de la causa”. Así, frente a la inflación optó por modificar los índices de precios oficiales. Frente al déficit fiscal recurrió a fuentes alternativas de financiamiento (como las reservas del BCRA) y frente al deterioro del superávit comercial aplicó trabas a las importaciones y controles cambiarios. En todos lo casos la lógica fue la misma: atacar al emergente del problema, pero no al problema en sí.

Resultado fiscal

Entre 2006 y 2012 el resultado fiscal primario pasó de representar un superávit del 3,4% del PBI a mostrar un déficit de 1,3% del producto el año pasado. Mientras tanto, en los últimos 4 años el ritmo de emisión de los billetes y monedas se aceleró por cuatro. Desvincular esto último de la disparada del dólar blue –que la semana pasada rozó los $ 10– sería ingenuo. En rigor, los ahorristas e inversores argentinos no van al dólar, sino que huyen del peso. El dólar en el mundo pierde valor. Sólo en nuestra particular realidad autóctona, la incesante emisión de pesos ha redundado en una corrida sobre el dólar paralelo.
El principal desafío que presenta la macroeconomía argentina este año es desactivar el “círculo vicioso” en el que ha caído: la inflación genera atraso cambiario, que se refleja en una creciente escasez de divisas. El Gobierno respondió con el cepo cambiario y las trabas a las importaciones, lo que a su vez hundió la inversión en la economía real y por lo tanto retrajo la oferta agregada, lo que aceleró nuevamente la inflación, y así sucesivamente.
Paradójicamente, el Gobierno cometió el error de convertir a la divisa estadounidense en el bien más “congelado” de la economía. En los últimos tres años una canasta promedio de alimentos y bebidas aumentó en la Argentina 87%. El dólar oficial sólo 33%. Fue el embrión de la demanda potencial de dólares que luego derivó en el cepo cambiario y el surgimiento del blue.
“¿Está caro o barato el dólar blue?”, suele ser la pregunta más escuchada por estos días. En realidad, lo relevante desde el punto de vista del inversor es la expectativa sobre la evolución de su precio en el futuro. No su valor actual.
Es cierto que el del dólar paralelo es un mercado ilegal y reducido. Pero concluir de allí que es “inocuo” para la economía es una falacia. Afecta a la inversión –la variable clave para los problemas que hoy aquejan a la economía argentina– y a las exportaciones. ¿Qué empresario que cuenta con un capital para invertir optará para ampliar la fábrica o comprar una nueva máquina (y por lo tanto contratar más empleados) si observa que existe una inversión (como el blue) que otorgó una rentabilidad del 120% en los últimos 18 meses?

Paradoja

La paradoja es que los controles cambiarios frenaron la fuga de capitales. Pero también clausuraron su ingreso. Su lógica trasciende el plano económico: nadie quiere entrar a un lugar del cual no sabe si podrá salir. En rigor, el problema central de la economía argentina no es el dólar, sino la inflación. Por lo que sería lógico comenzar por allí para reparar el averiado modelo.
La situación, de todas formas, dista de encaminarse hacia una crisis como la de 2001. Tan lejos estamos de este escenario como de recuperar el crecimiento de antaño a “tasas chinas”.
La “foto” actual de la economía argentina continúa siendo relativamente buena en vista de los colchones acumulados en los últimos años. Pero inquieta la “película”, es decir la velocidad con la que se deteriora el escenario. Aunque muchos aseguran ya haber visto el final este film.